viernes, 27 de mayo de 2011

capillas, universidad... el debate continúa

Entrevista para "SAMIZDAT", Mayo 2011, Número 6,  p.4
(Gracias a María Borrero, de la A.C. Atlántida)


P. En un artículo de Público, el profesor de la Facultad de Políticas Juan Carlos Monedero lanzaba una pregunta retórica “¿Qué hace una capilla en un lugar donde la razón ha de ser la pauta?”. Nosotros, profundizando en esto, queremos preguntar: ¿Cree usted que es “razonable” esta división radical entre el ámbito de la fe y el de la razón?

R. Tal como acertadamente indica mi prestigioso colega el Profesor Juan Carlos Monedero, la Universidad es el lugar donde la razón ha de ser la pauta. La pregunta entonces cae por su peso: ¿de qué razón estamos hablando? Me imagino que el Profesor Monedero se refiere a la razón entendida en la tradición de la modernidad europea, una racionalidad que en su devenir ha resultado ser la racionalidad instrumental. O quizá se refiera a la racionalidad derivada del marxismo, en cuyo caso estamos ante una racionalidad que, al margen de su obsolescencia práctica, legitima éticamente los resultados de la acción atendiendo a su función en el marco de una revolución cuyos parámetros vienen definidos por arte de la magia dialéctica… Una razón que establece como punto de partida en aquella exigencia o delimitación sentada emblemáticamente por el “etsi Deus non daretur” de Grocio, para llegar el “Deus non datur” que nos obligaría a proscribir la presencia de una capilla dentro del perímetro físico o del “horizonte mental” de una Universidad. En efecto, ¿qué pinta una capilla en la Universidad? Es como mezclar la velocidad y el tocino. El reino de la Inquisición, del Índice de libros prohibidos, de las Cruzadas, de la alianza entre Franco y el Altar no tiene cabida en el Reino de la Libertad. Al margen de si resulta legítimo condenar una idea por sus resultados prácticos (lo cual nos conduce irremediablemente a condenar toda la historia de la humanidad y todas las ideologías), el problema entonces es que una razón así no cumple precisamente una condición básica que le es exigible en la Universidad, que es su carácter laico, neutral, independiente de las ideologías. Si, por el contrario, admitimos por un momento que la razón en la Universidad es algo más amplio, entonces tal vez quepa una razón total (no sólo instrumental), una razón plural (no sólo la dictada por el oráculo carismático del líder de la revolución), una razón abierta a la verdad que puede compartirse desde posturas diversas. En definitiva: una razón que se abre a los interrogantes y que incluso no teme entrar en un marco nuevo de diálogo que tiene como premisa un “etsi Deus daretur”, como recientemente proponía Benedicto XVI.

P. El acto llevado a cabo por un grupo feminista en la capilla del Campus de Somosaguas hace reflexionar sobre el tema de la libertad en la universidad, más concretamente, sobre la libertad de expresión. ¿Qué significa para usted la libertad de expresión y, por consiguiente, de expresión del factor religioso dentro de la universidad?

R. Mi premisa para abordar el tema es la siguiente: hay una falsa dicotomía, particularmente extendida en los países latinos, que sostiene la hipotética existencia de un enfrentamiento intelectual entre dos bandos enfrentados: los creyentes contra los no creyentes. Lo cual me parece, por lo menos, matizable. Pienso que todo ser humano es creyente. Unos son creyentes religiosos, otros no lo son. Pero nuestros sistemas de creencias están ahí, debatimos sobre ellas, y se canalizan desde el punto de vista de la sociedad política por medio de la libertad de expresión. La libertad de expresión es fundamental, capital para el funcionamiento de una sociedad libre. Personalmente, después de bastantes conversaciones con algunos amigos expertos en libertades públicas de Europa y América he llegado a la conclusión de que es preciso entender que la libertad de expresión no es un ente abstracto, una palabra hueca y arrojadiza contra nuestros adversarios políticos o ideológicos, sino que jurídicamente es una realidad encarnada, situada, ubicada. Tiempo, lugar y forma configuran la existencia real y la legitimidad del discurso libre. Parafraseando a un legendario jurista americano, Oliver Weldell Holmes, explico a veces que no es lo mismo gritar “¡fuego!” en un cine abarrotado de gente, que gritar “¡fuego!” en medio del desierto, a solas. En tal sentido, el acto feminista para sus protagonistas fue un acto profético de subversión del orden injusto establecido, pero si lo sitúo en los parámetros reales de tiempo, lugar y espacio, es por lo menos legítimo poner en tela de juicio esa conclusión. Vuelvo sobre el magistrado Holmes: no es lo mismo hacer una pintada en la que se lee “Arderéis como en el 36” en la puerta de una capilla católica en España, que escribir eso mismo en una pared de la Plaza de Tian'anmen.
Y sobre la cuestión concreta por la que me preguntas: creo que el gran problema que tenemos en nuestra mentalidad europea postmoderna y “post-todo” es que hemos conseguido reducir la religión a una “cosa”. En la medida en que hemos podido consificarla, en esa misma medida parece que podemos estudiarla, traerla y llevarla como una realidad empírica más, y podemos también someterla al microscopio de esa razón instrumental a la que antes hacíamos referencia. Puede estar en la Universidad porque puede ser estudiable en igualdad de condiciones a otras realidades que puedo cosificar: la pobreza, la injusticia, el paro, el hambre, la alegría, la sexualidad o el comercio justo. Ahora bien: esas realidades “cosificadas” no agotan la realidad, principalmente porque existen “encarnadas” en seres humanos. Y entonces todas ellas (la pobreza, la injusticia, el paro, el hambre, la alegría, la sexualidad o el comercio justo) son objeto de la libertad de expresión, en toda su amplitud, también en una Universidad libre. ¿No sería reductivo excluir una concreta realidad encarnada de la posibilidad de su expresión en la Universidad, sencillamente porque es “creencia religiosa”?

P. La presencia en la sociedad - y por lo tanto en la universidad - de opiniones diferentes es algo inevitable en democracia. Esto implica que solo el diálogo y la discusión pueden ser un camino hacia una convivencia verdaderamente pacífica. ¿Cómo cree usted que se construye un verdadero diálogo pacífico, incluso entre opiniones diferentes?

R. El problema, sinceramente, pienso que no es estructural. No es una cuestión de que mi Democracia sea más madura o mu Universidad sea más abierta o plural. Basta con ver cómo se desarrollan aquí en España los debates sobre política o sobre religión en los foros de Internet… En general, en este punto desconfío un poco de las generalizaciones (incluso a pesar de lo que digo en general de los debates en Internet). Prefiero pensar en las personas de carne y de hueso. Y respecto de ellas el verdadero diálogo se construye sobre la voluntad de dialogar y sobre el respeto. Se trata de cualidades que no se improvisan, que exigen entrenamiento, aprendizaje, constancia, equilibrio, serenidad, deportividad, autodominio. Espero que Samizdat pueda contribuir mucho en este sentido.

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