miércoles, 3 de noviembre de 2021

sonidos sagrados

LÓPEZ-SIDRO LÓPEZ, ÁNGEL, Sonidos sagrados. Ruido y manifestaciones sonoras de la libertad religiosa, Dykinson, Madrid, 2021, ISBN 978-84-13-77528-9, 220 pp. 

La primera vez que me encontré con el sonido como objeto de estudio en el Derecho eclesiástico fue en 1990 en un artículo de Sonia Fiorentino para Il Diritto Ecclesiastico (Per una tutela giuridica dal suono delle campane). Desde entonces raras veces he tenido ocasión de encontrarme con el sonido asociado a la religión como objeto de estudio del Derecho eclesiástico del Estado, que entiendo tiene dos principales expresiones de relevancia jurídica: la contaminación acústica y el patrimonio material e inmaterial de un pueblo o de una comunidad humana. Este libro ha sido la nueva ocasión de leer y aprender acerca de este interesante tema. 

Tras abordar recientemente el yihadismo en su libro “Las Sectas de la Yihad. Yihadismo terrorista, derecho y factor religioso”, y sin que todavía haya transcurrido un año de aquella publicación, el profesor Ángel López-Sidro, de la Universidad de Jaén, despliega una vez más su ya demostrada capacidad de rigurosa producción científica abordando exhaustivamente los sonidos sagrados, en una monografía para la prestigiosa editorial Dykinson. 

Sería por mi parte pretencioso decir que estamos ante la monografía definitiva porque el campo de estudio, aun cuando pudiera parecer limitado, se muestra en continua innovación, cosa a la que ya nos tiene acostumbrados la mayoría de los temas del Derecho eclesiástico del Estado. Pero sí que puedo afirmar que el libro que recensiono es un excelente trabajo. 

El autor ha seguido la estela de algunas investigaciones previas a cargo de, entre otros cultivadores, Castro Jover, Gas Aixendri, Martí Sánchez, Moreno Antón, o Pérez-Madrid, que aquí y allá han advertido acerca de la importancia de cuestiones relacionadas con este libro: urbanismo y espacio público, contaminación acústica, lugares de culto, etcétera. Las novedades que aporta esta monografía a esas importantes investigaciones previas son muchas, pero podríamos sintetizar algunas a continuación. Primero, desde el punto de vista conceptual, sustraer progresivamente el sonido del ámbito del ruido, de la contaminación acústica como marco jurídico formal y de la tradición como justificación genérica, para incardinarlo como elemento asociado al culto y, por ello, a la libertad religiosa. Segundo, integrar con extrema agilidad la normativa multinivel implicada en el objeto de estudio, integrada por el Derecho comunitario, el Derecho estatal, las normas autonómicas y las de los entes locales. Tercero, ampliar el estudio al sonido religioso de confesiones distinta de la católica, con una atención particular al islam, así como a las confesiones evangélicas asociadas al pentecostalismo. Cuarto, integrar en la investigación los sonidos asociados a lugares de culto no derivados de actividades cultuales, como los relojes de las torres de las iglesias. Y, en quinto lugar, analizar los sonidos que interfieren en el normal desarrollo de actos de culto. Todo este recorrido, que ocupa hasta cinco capítulos, reúne también las decisiones de los tribunales y juzgados españoles relacionadas con las materias de estudio, así como la oportuna noticia de los problemas suscitados y soluciones aportadas en países como Alemania, Francia, Suiza, Italia, Países Bajos, Reino Unido, Estados Unidos, Israel o países del mundo islámico. 

Para poder abordar de forma contextualizada e inteligible cada uno de los elementos de estudio, se requería exponer el Derecho, ritos y normas cultuales de las confesiones religiosas relativas a la emisión de sonidos (campanas, llamadas a la oración, etc.) La monografía cumple con este elemento informativo de forma más que satisfactoria, al recorrer la historia y las prácticas cristianas e islámicas, así como los aportes jurídicos de las confesiones religiosas. 

Algunos datos, quizá colaterales respecto de los elementos básicos que tejen las conclusiones de este libro, pueden resultar de interés. Por un lado, la constatación de que los sonidos sagrados, por lo general, resultan pacíficamente aceptados por la mayoría de la población y, curiosamente, han sido contestados por ciudadanos que no vivían de forma permanente o habitual cerca de la iglesias o campanarios. Por otro lado, que los sonidos y construcciones asociadas a los mismos han sido interpretados por sus detractores no ya como formas de contaminación acústica o visual, sino como actos de imposición de creencias: en este campo, la así llamada libertad religiosa negativa propone una ilimitada expansión; y en tal sentido, el principio de tolerancia alemán (que aparece en varias ocasiones en el libro) no deja de ser un elemento para cohonestar los intereses en liza. En fin, lo antiguo parece arropado jurídicamente por la tradición y lo nuevo más asociado con la libertad religiosa, allí donde la disciplina urbanística ha tenido desencuentros con nuevos movimientos religiosos de toda índole. Para el autor, parece más bien necesario un punto de equilibrio intermedio, no aferrado a la tradición, abierto a la protección de los derechos fundamentales y al desafío de «abordar la pluralidad religiosa real de una sociedad, a menudo reprimida por el peso de una costumbre que envuelve no pocos prejuicios» (p. 207). 

Cierran la monografía ocho páginas de bibliografía muy variada que avalan el concienzudo trabajo desplegado. Para cualquier neófito no deja de resultar sorprendente que un tema tan puntual como es el sonido en el ámbito de lo religioso pueda llegar a alcanzar tanta extensión como objeto de estudio. Y ciertamente es sorprendente, de no ser porque hay cultivadores del Derecho eclesiástico del Estado, como es desde luego el profesor Ángel López-Sidro, que tienen una rara capacidad de abordar con profundidad cuestiones viejas o nuevas, puntuales o genéricas, sacando las más brillantes luces de aquello que, quizá para otros, no dejaba de ser un tema oscuro o menor.

Recensión publicada en "Revista General de Derecho Canónico y Derecho Eclesiástico del Estado", n. 57 (2021).

martes, 10 de agosto de 2021

Los reptilianos administran justicia

 

Se trata de una decisión del Tribunal Europeo de Derechos Humanos del día 8 de junio en el caso "Ancient Baltic Religious Association Romuva v. Lithuania".

El caso versa sobre la aprobación parlamentaria como "asociación religiosa no tradicional" de una confesión religiosa pagana.

La decisión no tiene desperdicio porque eleva a elemento constitutivo de la libertad religiosa: (1) el reconocimiento civil del matrimonio religioso y (2) el tratamiento fiscal favorable de los grupos religiosos. Lo nunca visto. Lo que ni los clérigos más aferrados al Ancient Régime podían jamás esperar. No sé si es un problema de traducción: también la sentencia considera que los "privilegios" otorgados a las confesiones religiosas son "derechos" (¿lo he entendido bien?). Y nos enseña de paso que si quieres no tener problemas con el TEDH es importante que nunca. bajo ningún concepto, se debata públicamente acerca de lo que ha dicho o ha dejado de decir un obispo católico.

Música: No time no space y los Trenes de Tozeur. Sirva como desagravio por las estupideces ministeriales que se han escrito en twitter sobre Franco Battiato.

 


miércoles, 7 de abril de 2021

anales reptilianos

La Audiencia Nacional falló en una sentencia de 19 de octubre de 2020 que la Iglesia del Monstruo del Espagueti Volador (MONESVOL) no vio infringido sus derechos al denegarse la inscripción en el registro de entidades religiosas de España.

Esta sentencia está en el núcleo de todo la problemática jurídica conceptual acerca de la religión en la sociedad democrática y liberal de nuestros días. A partir de este post voy a explicar por qué es tan importante.

Pero antes es oportuno realizar una aclaración. Me dedico al Derecho eclesiástico del Estado. El nombre es lo de menos, aunque no cabe duda de que condiciona mucho lo que a primera vista pudiera deducirse. 

Un estudiante de Derecho de la Universidad Complutense que esté ahora mismo en segundo, tercer o cuarto curso sabe perfectamente qué es y cuál es el contenido de la asignatura. Le gustará más o menos, tendrá más o menos gusto por la temática tratada... pero sabe a qué se dedica la asignatura, cosa que no saben muchos docentes de la Facultad. 

Para un buen número de docentes de la Facultad de Derecho de la Universidad Complutense de Madrid, el Derecho eclesiástico del Estado trata (1) de la disolución de matrimonio rato y no consumado (2) de las condiciones objetivas para la validez jurídica del coito conyugal o (3) de cosas que les hemos robado a los cultivadores del Derecho constitucional. 

Y no nos dedicamos a eso. No y mil veces no. Lo voy a estar repitiendo hasta que me jubile. Aunque no sirva para nada repetirlo.  

Ahora vamos al tema de la religión como objeto jurídico.

Si yo necesito saber acerca del fútbol, acudo a un buen futbolista o a un buen entrenador.

Si yo quiero saber de la música, acudo a un buen director de orquesta, a un buen compositor o a un consagrado intérprete.

Si quiero saber de cocina, acudo a un afamado chef.

¿Me siguen hasta aquí?

Pues cuando el Estado quiere saber de religión, qué es una religión, resulta que NO puede acudir a las propias religiones.

¿Por qué?

Porque -se dice- entonces falta a su neutralidad, requisito básico imprescindible para un tratamiento equilibrado (por decir algún calificativo) de los grupos religiosos. Y porque -razón no confesada- el Estado liberal desconfía genéticamente (o a radice) de cualquier opinión que emitir pudiera una religión, ya que dicha opinión será o irracional o pretenderá hundir a la competencia ("religión soy solamente yo").

Para empezar a darle vueltas al asunto, aconsejo a quien haya leído hasta aquí que  eche que vistazo a este artículo divulgativo de hace veintiún años: Paul J. Griffiths, "The Very Idea of Religion", First Things, May 2000.

Música: Isabelle Antena en From Day To Day, muchos recuerdos. Y esta Part I de "El Altres" de Balago para quien va en busca de una banda sonora de alquimia urbana.

La ilustración es el cocodrilo y la hidra; está en wiki commons.

No sé si esto continuará, no lo sé. Quizá la semana que viene, quizá dentro de un año. Ahora estoy con otras cosas.

jueves, 25 de junio de 2020

mi deseo es la ley

Grégor Puppinck, Mi deseo es la ley. Los derechos del hombre sin naturaleza, Ediciones Encuentro, Madrid, 2020, 287 pp.

Los derechos humanos forman parte de nuestra horizonte cultural. Son fundamento de nuestro ordenamiento jurídico, de la legitimidad del Estado, de nuestro estilo de convivencia, de nuestra sociedad. Sin embargo, a poco que se piense acerca de esos derechos humanos, no es difícil advertir que con el paso del tiempo han terminado siendo un elemento sobre el que unos sostienen lo contrario que otros, un ornamento confuso y devaluado, una fe formalista. Los derechos humanos son una gran verdad y una gran mentira, son parte de las idas y venidas, de los tiras y aflojas de la política internacional, de las cloacas de los organismos internacionales, de los juegos de poder de grupos de presión ideológicos y económicos. 

Son muchas las lecturas que ilustran una mirada crítica hacia los derechos humanos. Dejo aquí constancia de algunas. En Rights talk: the impoverishment of political discourse, un libro de 1993, Mary Ann Glendon denuncia la estructura privatista y patrimonialista de los derechos humanos en el lenguaje común y político de los Estados Unidos de América; esos derechos se presentan desgajados de deberes y responsabilidades, del sentido de comunidad, más propios de adolescentes siempre descontentos que de ciudadanos que han conquistado esforzadamente su libertad. Con motivo del cincuenta aniversario de la Declaración Universal de los derechos Humanos, Alfredo Cruz Prados invitaba de forma provocativa a la reflexión acerca de la ideología latente en la cultura de los derechos humanos en su artículo divulgativo Derechos Humanos. ¿Qué derechos? ¿De qué humanos? Años después, otro diagnóstico pegado al terreno jurisprudencial, al «derecho en pie de guerra», podía encontrarse en L’institution de la liberté publicado en Francia en 2018, en el que Muriel Fabre-Magnan reducía al absurdo el soberano papel del consentimiento como clave de la autonomía personal y de los propios derechos humanos. Volviendo atrás, en 2009 se publicaba en España Derechos humanos depredados. Hacia una dictadura del relativismo, de Janne Haaland Matlary, quien desde Noruega ofrecía igualmente un estudio políticamente incorrecto  pero avalado por la experiencia sobre diplomacia internacional de la autora. ¡Qué lejanos quedan los tiempos en los que un nuevo evangelio predicado por Gregorio Peces-Barba desde la universidad proclamaba que la libertad nos haría verdaderos! Especialmente tras el tsunami de la post-verdad y el confinamiento del covid-19, la libertad ha quedado reducida al espejismo de una pantalla de smartphone y los derechos humanos a cualquier aspiración con impacto sentimentalista-mediático, encapsulable en un derecho subjetivo. 

En esta ocasión es Grégor Puppinck quien actualiza esa mirada crítica hacia los derechos humanos en un magnífico estudio publicado en Francia en 2018 (Les droits de l’homme dénaturé) y ahora en España con el título «Mi deseo es la ley». Puppinck es doctor en Derecho, conocido especialista en derechos humanos, miembro del Panel de expertos de la OSCE/ODIHR sobre libertad religiosa y de creencias como representante de la Santa Sede  y director general del European Center for Law and Justice, una ONG radicada en Estrasburgo, especialmente activa en los foros internacionales en defensa de la libertad religiosa y que tuvo un papel de primer orden ante el Tribunal Europeo de Derechos Humanos (en adelante TEDH) en el caso  Lautsi c. Italia de 2011. Jaime Mayor Oreja prologa la edición española tomando ocasión de los vínculos existentes entre el  European Center for Law and Justice y la iniciativa europea One of Us de la que el político español es promotor. 

El método expositivo de Grégor Puppinck combina el estudio de la cambiante antropología subyacente a los derechos humanos  con su traducción en aspectos concretos y gráficos en la jurisprudencia del TEDH, del Tribunal Supremo de los Estados Unidos de América, de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, y de las opiniones del Comité de Derechos Humanos de Naciones Unidas. Más allá del «diálogo entre tribunales» —por tomar ocasión del clásico de Vergottini— Puppinck subraya de forma práctica la connivencia de esas jurisdicciones y organismos en la progresiva transformación de la cultura de los derechos humanos. Una progresiva transformación que, tal como se va explicando en el libro, se apoya en dos factores concurrentes e íntimamente relacionados. El primero, la índole líquida que se atribuye a los convenios, declaraciones o constituciones, otrora escritos sobre tablas de piedra o bronce, ahora árboles vivos y poco menos que una excusa para efectuar, más que una interpretación, una auténtica labor cuasi-legislativa. Y el segundo, el activismo judicial ejercitado por profesores universitarios (aspecto denunciado magistralmente por Javier Borrego en un artículo de prensa con motivo también del caso Lautsi), por políticos metidos a jueces y por burócratas de organismos internacionales. 

El autor nos presenta una obra en tres actos, marcados precisamente por la antropología subyacente a los derechos humanos. 

Un primer acto, presidido por un renacer humanista de la civilización occidental tras la Segunda Guerra Mundial y tras los horrores del totalitarismo nazi. El personalismo impulsó entonces la protección del ser humano integral, del espíritu encarnado creado a imagen y semejanza de Dios, de quien procede su dignidad. Samuel Moyn  en su monografía de 2015 Christian Human Rights ilustró precisamente que el movimiento de promoción de los derechos humanos después de la Segunda Guerra Mundial estuvo ligado a las ideas y a la acción de políticos y pensadores cristianos, lo cual avala esta aproximación de Puppinck. Es en este momento cuando ven la luz  la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948, el Convenio Europeo de Derechos Humanos de 1950 y otros prometedores instrumentos internacionales.

En un segundo acto aparece en escena una vieja concepción antropológica, de raíces platónicas, que escinde en el ser humano cuerpo y espíritu, exaltando el segundo e instrumentalizando el primero. Ese  también llamado «dualismo cartesiano» invita al ser humano a una espiral de reclamaciones, aspiraciones y liberaciones contra aquello que limita la libertad absoluta, a la postre contra la propia naturaleza humana. Parte del éxito de esta tesis liberacionista viene propiciada por la ductibilidad del concepto de dignidad humana: como ya puso de relieve Movsesian en 2016 en su trabajo Of Human Dignities, bajo el aparentemente unívoco y sólido concepto de dignidad humana, se ocultan muchas interpretaciones contrapuestas. Pero también parte del éxito de la tesis liberacionista de los derechos humanos radica en que estos dejan de ser defensivos y se vuelven ofensivos (p. 121), al tiempo que el Estado se ve cargado de las llamadas «obligaciones positivas» no solo de velar o proteger, sino de promocionar, facilitar y hacer realidad aspiraciones y deseos con forma de derechos humanos. Crece entonces la intervención estatal (también lo recordaba Patrick Deneen  en su ensayo de 2018 Why Liberalism Failed?), nos vemos ya envueltos por un Estado como instrumento invasor, benéfico y maternal (p. 225). En este segundo acto se constata que las tres grandes pasiones del ser humano —poder, dinero y sexo—han generado las tres grandes revoluciones políticas modernas (revolución liberal, revolución socialista y revolución sexual) y al final han reclamado su consagración perpetua como derechos humanos.

En el tercer acto asistimos a la superación de la condición humana porque los deseos y aspiraciones rechazan limitaciones y condicionamientos, proyectándose hacía una vida transhumana sin muerte, vejez, enfermedad o dolor. La combinación del Derecho y la técnica hacen cortejo al transhumanismo. El consecuencialismo ético justifica la superación de cualquier expresión normativa de la dignidad humana distinta de la libertad absoluta. Somos dueños de nuestras vidas, podemos suprimirlas por libre voluntad hoy y ahora, podemos alargarlas eternamente. Los derechos como deseos y los derechos transhumanos al final han necesitado de un «golpe de Estado supraestatal» (p. 244) perpetrado por organismos internacionales y por los nuevos oráculos de la moralidad, es decir, los tribunales de justicia. La biotecnología hace saltar por los aires cualquier noción posible de naturaleza para transformar al ser humano en su propio y primer artículo de consumo. Se abomina de la esclavitud pero se comercializan niños nacidos de complejas combinaciones genéticas por maternidad subrogada…

En estos dos últimos actos, el lector podrá comprobar una y otra vez que el derecho a la vida privada, o el derecho a la intimidad, se ha convertido en el comodín del que se han servido tanto el Tribunal Supremo de los Estados Unidos como el TEDH para generar derechos que no existen en la Constitución americana o en el Convenio Europeo de Derechos Humanos, incluso en contra de derechos consagrados de forma explícita: se crea el derecho al aborto suprimiendo el derecho a la vida. 

No deja de advertir Puppinck que un derecho que ha llevado todas las de perder ha sido la libertad de conciencia. Porque la cultura de los derechos humanos no consiente, no concibe el disenso: la sociedad es cada vez más intolerante con aquellos que se niegan a tomar parte activa en la implantación de los nuevos derechos sexuales, reproductivos, tecnológicos, o con aquellos que pretenden un espacio de libertad frente al pensamiento único en la escuela. El totalitarismo ha regresado, pero enarbolando la bandera de los derechos humanos, y sus opositores han sido paradójicamente tildados con todo tipo de fobias.

Los derechos humanos, en fin, aparecen como un constructo global dirigido a cambiar el mundo, no a mejorarlo. Podría parecer entonces que el libro concluye con un diagnóstico tremendamente pesimista. Pero no es así. Porque quien lo escribe no es pesimista. Y porque ha luchado y sigue luchando en los escenarios jurídicos internacionales por sus ideas. De ahí que al final Puppinck constata que la resistencia a la maquinaria jurídico-burocrática es posible, que los ciudadanos pueden tener voz y repercusión, que los Estados tienen que hacer presente el sentido de comunidad, de identidad, de pertenencia, de futuro, frente a proyectos de ingeniería social impuestos desde fuera.

En fin, estamos ante un estudio jurídico divulgativo de una gran calidad, de una sólida y clara fundamentación. En este contexto, no es extraño que el lector encuentre al final del libro la guinda del pastel académico: una exhaustiva tabla de jurisprudencia citada, un magistral cuadro-resumen de la evolución de los derechos humanos («derechos naturales del hombre», «derechos antinaturales del individuo», «derechos trans-naturales») desde nueve parámetros comparativos distintos y, finalmente, una relación de la selecta bibliografía citada a lo largo del trabajo. 


sábado, 11 de enero de 2020

guardar las facturas

En años anteriores he comentado con mis estudiantes la importancia de guardar las facturas cuando se prevé un litigio, en concreto ante el Tribunal Europeo de Derechos Humanos. Esta hoy leyendo la decisión del tribunal Estrasburgo en el caso Hamidovic v. Bosnia and Herzegovina (App. no. 57792/15, 5 December 2017) y me encuentro este párrafo:

According to the Court’s case-law, an applicant is entitled to the reimbursement of costs and expenses only in so far as it has been shown that these have been actually and necessarily incurred and are reasonable as to quantum. That is to say, the applicant must have paid them, or be bound to pay them, pursuant to a legal or contractual obligation, and they must have been unavoidable in order to prevent the breaches found or to obtain redress. The Court requires itemised bills and invoices that are sufficiently detailed to enable it to determine to what extent the above requirements have been met. Since no such documents have been submitted in the present case, the Court rejects this claim (n. 54)

Ocurre y seguirá ocurriendo.

Versiones: Operator de Jim Croce en la versión de Diana Krall.

sábado, 27 de abril de 2019

¿es mejor que el mal se cometa a la luz del día?

Estoy revisando un informe británico que lleva por título “The independent review into the application of sharia law in England and Wales”.

El tema es conocido, recordarán muchos que el Arzobispo de Canterbury Rowan Williams pronunció un discurso el 7 de febrero de 2008, el que indicó que “[a]mong the manifold anxieties that haunt the discussion of the place of Muslims in British society, one of the strongest (reinforced from time to time by the sensational reporting of opinion polls) is that Muslim communities in this country seek the freedom to live under sharia law.”

La propuesta del líder religioso británico a estudiar este tema, es decir, de la validez de la sharia como realidad jurídica en la vida de los musulmanes británicos, produjo una tormenta de opiniones a favor y en contra. Diversas instancias oficiales del Gobierno y del Parlamento han estudiado y han propuesto medidas relativas a esta expresión del pluralismo jurídico en la sociedad británica. Y en Febrero de 2018, diez años después de aquel discurso, el Gobierno presentó este informe al que aquí me refiero al Parlamento inglés.

Creo que vale la pena leerlo porque es una investigación con datos interesantes y propuestas sugerentes.

En el resumen del informe (pp. 4-6) aparece una afirmación que ha llamado especialmente mi atención y es la siguiente: It should also be noted at the outset that those proposing a ban on sharia councils provide no counter proposal or any solution for anyone seeking a religious divorce. It is clear from all the evidence that sharia councils are fulfilling a need in some Muslim communities. There is a demand for religious divorce and this is currently being answered by the sharia councils. This demand will not end if the sharia councils are banned and closed down and could lead to councils going ‘underground’, making it even harder to ensure good practice and the prospect of discriminatory practices and greater financial costs more likely and harder to detect. It could also result in women needing to travel overseas to obtain divorces, putting themselves at further risk. 

Explica el informe que no resultaría una buena solución clausurar o prohibir los consejos islámicos: (i) porque responden a una demanda social que no desaparecerá si esos consejos son prohibidos, (ii) porque podría conducir a que se crearan consejos islámicos clandestinos, haciéndose entonces más difícil garantizar buenas prácticas y propiciándose prácticas discriminatorias y costas o tasas desproporcionados, y (iii) porque incluso se obligaría a las mujeres musulmanas a viajar fuera del Reino Unido para obtener su divorcio, poniéndose entonces en situaciones de grave riesgo. Esta justificación es exactamente la misma que se hacía y se hace para pedir la legalización del aborto en aquellos países en los que está prohibido.

Con motivo de la sentencia del Tribunal Europeo de Derechos humanos en el asunto Molla Sali contra Grecia, de 19 de diciembre de 2018 (sobre el carácter discriminatorio de la aplicación de la sharia en el derecho sucesorio griego), Grégor Puppinck llamaba la atención de que corremos el peligro de realizar una aproximación relativista, no convergente al Derecho musulmán. No nos preguntamos si es bueno, malo, razonable, si hace justicia o no en el caso concreto, si es exigible desde el punto de vista constitucional o de los derechos humanos… Nos conformamos con una argumentación funcional. El problema entonces es que así no logramos acuerdos, encuentros, sino estancamientos que a la larga conducen al predominio del que resulte más fuerte.

Vuelvo sobre el argumento del informe. Lo que está mal está mal. Aunque se cometa a la luz del día, o en un régimen de tolerancia, no por ello se convierte en bueno o en justo. La legalización del aborto no condujo a que desparecieran los abortos clandestinos o el turismo abortivo, sino a que el aborto aumentara en los países en los que se legalizó.

Versiones. Wild World de Cat Stevens interpretada por Joanna Wang.

miércoles, 6 de marzo de 2019

manual para la gestión policial de la diversidad religiosa

El Ayuntamiento de Madrid presentó en diciembre de 2018 el primer manual de gestión policial de la diversidad religiosa. El documento es de libre acceso a través de Internet. Tiene 172 páginas. A partir de la página 58 el documento contiene referencias y anexos. Los presupuestos implícitos del documento son, a  mi modo de ver, dos:

(i) se presupone que la diversidad religiosa en la ciudad de Madrid es enorme: es necesario dotar  a la policía de unos datos básicos acerca de fenómenos de creencias que en su mayor parte son desconocidos;

(ii) la secularización en la que viven los policías municipales y su ignorancia inculpable de marco legal obliga a que tengan una información inmediata acerca de la diversidad religiosa.

El apartado 2 está dedicado a la descripción de las confesiones presentes en Madrid, desde la Iglesia católica hasta Comunidades sijs (que jurídicamente ni siquiera son confesiones religiosas, p. 36). En este apartado me llama la atención que se atribuya a la Conferencia Episcopal Española la "representación del catolicismo a nivel nacional" (p. 15). Ni siquiera los propios estatutos de la Conferencia Episcopal Española le reconocen o atribuyen tal representación. A nivel popular podría llegar a pensarse que un organismo en el que se reúnen todos los obispos de la Iglesia católica de España representa a la Iglesia en España. Pero jurídicamente me parece que no es así.

El apartado 3 del Manual tiene por objeto la actuación policial relativa a la gestión de la diversidad religiosa: lugares de culto, vías y espacios públicos, comedor escolar. Respecto de los lugares de culto: el documento prescinde de los templos católicos que no sean parroquias; el lector no acaba de entender si los templos católicos que no son parroquias no son para el Derecho español lugar de culto, o si lo son pero no sabemos qué lugares de culto católicos que no son parroquias existen en Madrid. A estos efectos, el Ayuntamiento de Madrid puede recabar esta info combinando Google Maps y Misas.org. Respecto de las vías y espacios públicos, me parece que parte (si no toda) la competencia principal en materia de ejercicio del derecho común de reunión y manifestación corresponde a la Delegación del Gobierno, no a la policía municipal, y este asunto está poco definido en el Manual. Por último, de la lectura del apartado 3.3. (servicio de comedor escolar) no he conseguido deducir cuál es la atribución específica que la policía municipal de Madrid tiene en esta materia.

Un último detalle un poco maniático: las referencias a páginas web (url's) deberían ir acompañadas en documentos en soporte papel por la fecha de acceso al recurso electrónico de que se trate.

Por lo demás, bienvenido sea este tipo de guías o manuales si ayudan a la policía municipal de Madrid a situarse ante fenómenos religiosos diversos, algunos de los cuales pueden resultar menos conocidos.

Ash Wednesday, poema de T.S. Eliot.